¿Cuántas veces habéis escuchado la canción de Nino Bravo: “Libre, como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar...”?
Y, ¿cuántas veces os habéis sentido verdaderamente libres?
Si hacéis memoria encontraréis un recuerdo imborrable. Un determinado momento, quizá un instante, en el que has sentido la libertad apoderándose de tí. Corriendo por tus venas con sorprendente rapidez, ha aparecido un subidón de adrenalina que ha transportado una placentera sensación de liberación, independencia y autosuficiencia, que te ha mostrado otra forma de ver el mundo.
Los ejemplos son muchos. Es posible que sea conduciendo una moto mientras sientes el aire en el rostro, y pareces moverte flotando sobre el asfalto. Navegando por el mar, surcando las olas a gran velocidad. Quizá tan solo cogiendo carrerilla para lanzarte al mar o, para los más atrevidos, saltando al vacío en parapente.
Son simples sensaciones para demostrar que hemos nacido libres. Aunque, el hombre nunca lo sea del todo. Como diría Eurípides de Salamina:
“No hay ningún hombre absolutamente libre. Es esclavo de la riqueza, o de la fortuna, o de las leyes, o bien el pueblo le impide obrar con arreglo a su exclusiva voluntad“.