La Rebelión de los Pensamientos

Este pequeño espacio está dedicado a todas aquellas pequeñas ideas que se esconden en recónditos espacios de la mente pujando por salir. En gran medida son invenciones literarias y en parte serán gritos de desesperación a una sociedad incomprensible al entendimiento. Siempre, con el objetivo de expresar y compartir sentimientos e ideas de la sociedad que nos rodea y nos impulsa a rebelarnos contra la perversión, maldad y estupidez humana.

jueves, 14 de abril de 2016

Quisiera ser normal. Pero estoy enferma

No me gusta hablar de mí. No me siento cómoda. De hecho odio ser el centro de atención. Qué paradoja tener un blog, ¿no?. pero hoy voy a contaros algo de mí. Algo que algunos sospecháis y otros sabréis.

Tengo una enfermedad degenerativa. Ahora sé que muchos dejaréis de leer porque no os voy a contar nada macabro, obsceno ni escabroso. Convivo con una enfermedad muy rara que me está minando la vida y la esperanza. Cada día me siento más débil, con menos fuerza, más triste, frustrada e impotente porque mi cuerpo no acompaña mis intenciones y, cuando lo intenta, sufro las consecuencias. Tan solo escribir me supone un esfuerzo que dentro de unas horas me pasará factura y tendré que estar tumbada sin hacer nada, cruzando los dedos para que no me den dolores de cabeza, para que no me duelan las articulaciones ni cada uno de los músculos de mi cuerpo. ¡Cómo es eso? No lo sé. Me resulta incomprensible. Al igual que un montón de cosas que me suceden. No en vano he pasado por médicos como una pelota de pin pon durante casi veinte años.

No sé cómo vino. Nadie lo sabe. Lo único que sé es que cada día que pasa se hace más duro. A pesar de que tengo suerte. Mucha suerte de estar viva, aunque no sé por cuánto tiempo (¡nadie lo sabe!), ni en qué condiciones (esto es lo peor). Bastante suerte estoy teniendo.

No sé cuándo voy a necesitar ayuda para hacer cosas básicas de mi vida rutinaria. Aguantaré todo lo que pueda, por eso trato de vivir olvidando esta pesada carga que me acompaña. Al menos lo intento, ya que es inevitable sentir que me falta energía al leer (una de mis pasiones), al escribir (mi forma de deshago), o al abrir una botella o una lata (imposible sin ayuda), al cargar peso, cualquier mínimo esfuerzo es un mundo. Andar lo justo. Correr ni lo intento, me voy directa al suelo.

Me voy apagando, cada día un poco más y el llanto es un alivio momentáneo que, sin embargo hoy no me ayuda. He recibido una carta en la que me deniegan una plaza de aparcamiento de minusválido. Algo que me parece del todo injusto. En serio, estoy harta de la burocracia, de los recortes y sobre todo de la prepotencia de la médico que me atendió, Rocío. ¿Acaso pensáis que quiero estar enferma? Más de una docena de medicinas al día no logran suplir la energía que mi cuerpo no genera. Yo quisiera ser normal, de veras. Estudié y trabajé durante ¡tanto tiempo! ¿Para qué? Para nada.

Este post va por ti Rocío, por tu mirada torcida al entrar al despacho. Por no tenderme una mano cuando estaba en el suelo y, en vez de eso, aprovechar la ocasión para pisotearme. He esperado cuatro meses para ver tu cara, y padecer tu bordería. Algo que no me merezco. Ni yo, ni nadie. Bastante tormento tengo para encima ir a aguantarte. No soy masoca y puedo estar enferma, pero no soy gilipollas. Rocío, vive tranquila detrás de tu escritorio, menospreciando a los enfermos que, por cierto, no van para ver tu cara, necesitan medios para continuar el duro día a día en esta carrera de obstáculos que es la vida y cuyo mayor impedimento es su cuerpo.

Es curioso porque cuando fui a la trabajadora social ella me recomendó solicitarla:
-Claro -me animó-. Si es precisamente para personas que la necesitan, como tú.

Aún no es mediodía y estoy agotada. No puedo continuar escribiendo. Pero esta historia no ha acabado. Quizá un día describa la conversación de la "doctora" para demostraros que su "veredicto" estaba dictaminado en cuanto entré por la puerta.

Ahora pienso en el consejo de mi padre:
-Ve y llora un poco -me indicó muy serio.
-¿Cómo voy a hacer eso? -repuse incómoda.
-Mira ese vecino que vive en frente. Fue a la doctora, le tocó la espalda y chilló de dolor. La doctora se asustó tanto que le dio la baja.
-Y ahí le tienes trabajando -añadió mi madre.
-Yo no soy así -protesté-. Además, yo tengo informes que lo demuestran.
¿Es eso lo que necesitas Rocío?

Quiero ser normal. Pero por desgracia, mi vida no es tan fácil como la tuya. Estoy enferma.

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