Hace muchos años, cuando aún estaba en el colegio, escribía cuentos. La verdad es que escribía todo lo que se pasaba por mi imaginativa cabeza. Era una ingente cantidad de ideas que recorrían mis neuronas con avidez deseando escapar hacia mis dedos y plasmarse en algún papel dejando tras de sí una huella de su pasado por este mundo y por esta febril cabeza.
En aquellos lejanos tiempos todo era bueno para escribir. Desde poesía fácil hasta relatos breves. Frases, ideas, sueños, deseos para disfrutar en el fin de semana. Cualquier idea era buena. La imaginación era rápida y creativa. Las ideas nunca se repetían y parecían no tener fin. Fue en aquellos días en que soñaba con escribir algún día. Sería escritora.
Pero los sueños a esas edades fluyen tan rápido como las hormonas. Pronto cambié de parecer aunque no dejé de escribir. Nunca dejé de hacerlo, aunque cambié el estilo y el motivo. Desde que me licencié fueron los recursos los que llenaban las páginas.
Tras años de larga espera he vuelto a recobrar la ilusión por plasmar estas alocadas ideas. Pero no busco méritos ni medallas. Por eso escribo desde el anonimato que me ofrece esta pantalla. Me gustaría publicar una novela que llenase de ilusiones a otras personas y que disfrutaran de las cientos de historias que llenan esta pequeña cabeza que pierde energía, pero no el entusiasmo de idear y seguir planeando historias con las que otros puedan, al igual que yo, seguir soñando.
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