Llevo unos días desilusionada. En parte por este clima otoñal que apelmaza mis sentidos y bloquea la visión. En parte, por la percepción de un mundo impersonal e independiente que deprime mi conciencia y nubla mi razón.
La dejadez y la desidia se instalan a nuestro alrededor apoderándose de las mentes de los hombres y mujeres de este planeta. En otros tiempos tendría esperanza, pero en estos días oscuros y aciagos solo veo desolación y desconfianza en que mejore la situación.
A todos nos gusta sentirnos queridos, amados, mimados, recordados y protegidos. Pero hoy siento que no se puede luchar contra el destino y el abandono a la racionalidad excesiva. De los que un día fueron niños y lo olvidaron, al igual que olvidaron los recuerdos, los anhelos y los sentimientos por todo lo antaño amado.
Qué viejos momentos rodean mi memoria. Espero nunca olvidarlos, a pesar de parte de esos que aparecen en aquellos recuerdos, hoy no se acuerdan ni de quien los menciona. Pero no quiero falsas promesas, no quiero excusas fingidas. De hecho, no quiero nada que no sea verdadero. Porque estos que hablan son mis frágiles sentimientos y antes preferiría olvidar el pasado que herirlos de forma gratuita.
El desinterés inunda a aquellos seres que un día fueron lo más importante para nosotros. El destino y la poca fuerza de voluntad separa nuestros caminos situándose en paralelo. En estos días de decepción no siento las fuerzas necesarias para seguir luchando porque esos rumbos no se separen de una vez por siempre, pero según veo y siento, sólo una de las partes lo intenta asiduamente. Cada vez con menos fuerza e intensidad.
Un día de estos, ese fino hilo que nos une y separa al mismo tiempo se romperá para siempre y ni siquiera los recuerdos serán capaz de recomponerlo.
¿Por qué es tan difícil seguir adelante cuando solo existe una cuerda de la que se tira de un carro que cada vez se siente más pesado y se tensa demasiado. Tanto que una sola persona es poco para seguir tirando...?
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