¿Alguna vez os habéis planteado cómo y quién ideó la prensa rosa? No sé la respuesta. Pero me puedo imaginar la historia. Seguramente se trataba de un desempleado. ¿Jubilado? Quizás. Posiblemente con orígenes pueblerinos. Que en los pueblos existe un virus extremadamente contagioso que trata de hablar mucho de lo ajeno. Sea real o imaginario.
El ingenio debería de ser así:
"El individuo en cuestión se le ocurriría la idea viendo salir de casa a su vecino. A las 8:15, puntual cada mañana sale con un inseparable maletín, un sombrero negro de ala ancha y una gabardina beige.
¿Os lo imaginaís? Todos los días lo divisa desde su ventana, cómo ofrece un beso fugaz a su esposa y cierra la puerta tras de sí. Estira las solapas de su gabardina y mira el reloj. Todo un ritual.
El vecino mirón, intrigado, se aproxima cada mañana a la ventana para vislumbrar al vecino cómo avanza a lo largo de la calle, hasta perderse entre la multitud de la hora punta.
Todos los días realiza la misma acción. Los mismos gestos con suma precisión y exactitud.
Entonces un día decide seguirle. Total ¿qué tiene que hacer? Y acude a una tienda de disfraces para comprarse una peluca de tono oscuro. Castaño. Que no llame la atención.
Al día siguiente baja corriendo las escaleras y se apuesta en la acera de enfrente. Al lado de un kiosco desde el cual divisa la puerta del vecino. Llegada la hora, el hombre del maletín sale y camina a lo largo de la calle. El chismoso lo sigue de cerca, semi escondido tras una revista que ha comprado con prisas.
Una ráfaga de viento le hace temer por su peluca y se echa las manos a la cabeza para aferrarla con fuerza. Cuando busca entre la gente el hombre ha desaparecido. Lo ha perdido. Vuelve sobre sus pasos, decepcionado por sus escasas dotes de detective que posee. Apesadumbrado y cabizbajo mira sus zapatos en silencio, sin percatarse de que el kiosquero está de pie colocando unos paquetes de periódicos. Tropieza y cae al suelo. La peluca sale rodando y cae a sus pies.
Horror. El kiosquero lo reconoce y parece reírse de él.
- ¿Cambiando de look? -le pregunta divertido. Y, como que no quiere la cosa, lee su mente y desvela el estratagema del mirón- ¿Lo haces por seguir a Leocadio?
Sabe su nombre. Calla, pero se ve sorprendido. Las facciones de su rostro lo confirman.
- Pues coge el autobús -responde jovial-. El 71. Así mañana no le pierdes la pista
- ¿Sabes dónde acude?- el mirón ha perdido la vergüenza. No tiene nada que perder
- Sí. Al despacho de abogados al que representa
- ¿Cómo sabes tanto de él? -la sorpresa por los amplios conocimientos del kiosquero le fascina. Éste último, en vez de sentirse cohibido contando la vida ajena, se siente adulado y le comenta cómo le representó ante la administración pública cuando le llegó a una notificación por un problema con la licencia.
El kiosquero y el cotilla se hacen íntimos amigos y, en cada ocasión que tienen una noticia candente chismorrean sin reparo. Entonces, es cuando se percatan de que los viandantes ralentizan su marcha e incluso se paran, aparentando estar distraídos leyendo algún titular de una revista, para escuchar la conversación y la información del último cotilleo del barrio. A partir de ahí, surgió la idea de crear "El chismorreo del barrio" y de ahí a la televión.
¿Qué os parece? Podría ser... ¿no?
No hay comentarios:
Publicar un comentario